La dosis exacta de Exigencia

18 feb 2015

photo credit: Adam Foster | Codefor via photopin cc

Una cierta dosis de exigencia es necesaria como disciplina en muchos ámbitos de nuestra vida, siendo útil para superarnos, desarrollarnos, para conseguir metas y objetivos, etc. Puede convertirse en un aspecto muy positivo siempre y cuando no nos ahogue o nos limite. En cambio, un exceso de exigencia en nuestras relaciones personales, sea porque nos quieren imponer una actitud o una forma de actuar o porque nosotros queremos imponer o imponernos la nuestra, es negativo ya que puede provocar frustración, rabia, impotencia, angustia, entre otras emociones negativas.

 

Así, según como recibimos y experimentamos la exigencia esta se puede convertir en un motor positivo de cambio, o en un problema que nos puede afectar tanto psicológica como emocionalmente. A veces, podemos exigir que se cumplan nuestros derechos, que la justicia sea ágil y que de verdad nos ampare, que tengamos un trabajo con un sueldo digno, etc., y de esta manera provocar cambios positivos. Si no fuese por ello, quizás a día de hoy no estaríamos donde estamos, ni disfrutaríamos de muchos derechos que hemos conseguido a lo largo de la historia de la humanidad, y a lo largo también de nuestra propia historia vital.

 

Pero puede pasar que vivamos la exigencia como una obligación o imposición, o que esta aparezca asociada a sentimientos negativos, como el estrés, cuando nos piden más de lo que podemos dar y nos presionan para conseguirlo. Pero, ¿Por qué somos exigentes? ¿Por qué nos creemos con el derecho y la autoridad de exigir a los demás? ¿Qué esperamos conseguir?

 

Queriendo o sin querer nos exigimos y exigimos a los otros. Ser exigente puede ser una cuestión de carácter, teniendo una actitud que va ligada a nuestra manera de ser. Entonces, en vez de sugerir alguna cosa, lo que hacemos es exigir a los otros imponiendo nuestro criterio, forzando resultados, obligando un cambio de comportamiento, etc. Como en el caso de un padre que exige a su hijo un comportamiento modélico en exceso y unas notas escolares por encima de sus posibilidades. Ser exigente también puede ser una cuestión de educación o de aquello que aprendimos de pequeños en nuestro entorno familiar y social. Si vivimos en un ambiente crítico, rígido y exigente, este nos habrá influido y no habremos tenido la oportunidad de ver y aprender otros tipos de comportamiento. De adultos, nos encontramos que tendemos a reproducir este ambiente emocional que vivimos de pequeños en nuestras relaciones.

 

Por tanto, la exigencia es sinónimo de perfección, de control, de rigor, de imponer… y tiene que ver con nuestra autoestima. Así, si nos excedemos o extralimitamos con nuestras expectativas y objetivos, esta puede quedar afectada. Nosotros somos los únicos que podemos bajar nuestros niveles de exigencia pero, ¿cómo? Readaptándolos a nuestras posibilidades reales para poder vivir con más tolerancia y libertad. 

 

Adriana Larrañaga Mendoza.

Psicóloga General Sanitaria de CALM Psicología.

@psicolarra psicolarra@gmail.com

 

 

 

 

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